Sin el hormigón no somos nada

Artículo publicado en Jot Down por Pedro Torrijos

Está en todas partes. Los rodea a ustedes y me rodea a mí porque nos rodea a todos los seres vivos y también a los inertes. Hay quien lo cree una novedad, algo de nuestro tiempo, pero lleva existiendo desde que existe la civilización. Es el material que sostiene el mundo y, sin embargo, por mucho que giren la mirada en las ciudades, en las playas y en los campos, lo más probable es que permanezca oculto. Invisible a los ojos que no estén preparados. O a los que no quieran estar preparados.

 

Sin el hormigón no habríamos sido nada

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Le Corbusier y Pablo Picasso en la Unité d’Habitation de Marsella. Fotografía cortesía de Architects by Photographers.

Si el hierro había sustituido a la crin de caballo, el acero convirtió al hormigón en el material del siglo XX. Las vanguardias entendieron enseguida que se adscribía como un guante a la arquitectura del mundo moderno, múltiple y eficaz, que proponían; era barato, sencillo, resistente y polivalente. Era absolutamente imparable. Walter Gropius, Hanes Meyer, Le Corbusier, incluso Frank Lloyd Wright al otro lado del Atlántico, construyeron haciendo del hormigón una suerte de leitmotiv no solo estructural, sino también estético.

Porque, de igual manera, los arquitectos del siglo XX comprendieron que la polivalencia del hormigón residía en su propia naturaleza intrínseca. Que si podía estar en todas partes es porque podía tener todas las formas. Porque el hormigón es líquido. Pero es que además tomaron una decisión todavía más revolucionaria, casi marxista: si el hormigón permitía a la arquitectura adoptar cualquier forma, era profundamente injusto mantenerlo tapado tras capas de revestimientos supuestamente nobles. Así, el material, que había permanecido oculto durante milenios, se destapó al exterior. Le Corbusier lo llamó béton brut; hormigón visto. Como un campo de hierba no necesita de ningún filtro, la superficie del hormigón, a veces porosa, otras tersa, curva o recta, gris, blanca o coloreada merecía ser expuesta al mundo. Y es que se trataba de enseñar la belleza de la verdad constructiva, la belleza de la humildad estructural. La belleza de la verdad.

Sin esa concepción completa del hormigón no existiría la sinuosa Torre de Einstein de Erich Mendelsohn, ni la espiral infinita del Guggenheim de Nueva York o los pilares con forma de nenúfar de la Johnson Wax, ambos de Wright. Tampoco las flores que Sáenz de Oiza desplegó en Torres Blancas, o las cajas mirando al pacífico queLouis I. Kahn levantó en los Laboratorios Salk. La Iglesia de la Luz de Tadao Ando no tendría la misma luz sin que esta resbalase por sus paramentos grisáceos y lisos, el agua no se divertiría tanto como lo hace al correr por la cubierta alabeada del restaurante Los Manantiales de Félix Candela, y la Ópera de Sídney de Jørn Utzon no sería el símbolo de un continente. Sin hormigón, Pablo Picasso no habría viajado a Marsella una mañana de junio de 1948, ni se habría descamisado ni habría recorrido, con la mirada y con el espacio entre los dedos, las marcas del encofrado de los pilares que sostienen la Unité d’Habitation de Le Corbusier.

Hay quien cree que el hormigón visto es feo, que es innoble y que debería estar oculto. Me gustaría compadecerles, pero en realidad no es más que un complejo de inferioridad por sentirse incapaces de abrir los ojos y ver más allá de prejuicios. Quizá se sienten más cómodos dentro de sus confortables orejeras. Quizá, sencillamente, tengan miedo o no están preparados; porque tal vez nadie esté realmente preparado para comprender al hormigón en su totalidad.

El hormigón es perpetuo y trascendente, y quizá por eso apenas nos damos cuenta de su existencia.

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